En un ensayo de 1827, titulado “On Murder
as a Fine Art”, Thomas de Quincey exploraba las cualidades estéticas de un
asesinato, motivo por el cual debía ser considerado una de las bellas artes del
ser humano. Es la violencia del acto la que, una vez desatendida de los
vínculos morales, puede ser sujeto de admiración y apreciación de la misma
manera que un arte que se considere arte en sí mismo se desprende del fin
público, alegaba el pensador.
De Quincey menciona otra condición de la
violencia: el miedo.
Por miedo, permitimos que maten a los prójimos
y no decimos nada. Ley del silencio, le llaman. Es el gen egoísta en función:
si hablo, me matan a mí. Así, el asesino, sicario, hitman o matón seguirá
impune hacia su próximo trabajo.
La violencia en Puerto Rico vive de
instaurar el miedo como ejercicio de poder.
Es común que nos encontremos estos días repensando ir a este o aquel
lugar, contraponiendo el ejercicio de nuestro juicio dentro de las posibilidades
de seguridad personal que podamos tener porque ya es común que, mientras uno
transita por cualquier avenida o calle del país, se desarrolle un tiroteo y ocurra
una masacre. Los espacios públicos han sido devastados por la insistencia de
aquellos que buscan ecualizar el orden social a pulso de pistola.
Diversas campañas han surgido en las
cuales artistas, organizaciones filantrópicas y, como recientemente ha surgido,
los periodistas del país han articulado su deseo de transformar la presente
situación mediante un reclamo que, aunque diverso, es unánime: no a las balas,
no a la violencia, no al crimen, y otros reclamos de negación.
Yo entiendo que, en una sociedad
conformado por prohibiciones, aportar otro “no” tendría el mismo efecto que
tirar un puño por una ventana abierta. El “no” se convierte en anáfora a través
de la narrativa social. Es decir, se repite tanto, que pierde fuerza, énfasis-
deja de calar y llega dentro de una ristra de mandatos a los cuales ya ni
siquiera prestamos atención: no fume, no estacione, no tome, no utilice su
teléfono, no ATH, no menores de 18 años, no, no, no…
En realidad, la violencia es un estado
del ser humano. Nacemos entre dolor, sangre y llantos y de aquí en adelante,
ante la ausencia del lenguaje, nos exponemos a la necesidad de gritar y llorar
para hacernos entender, hasta que aprendemos otra violencia más pasiva, la del
lenguaje, con la que rompemos y rehacemos el mundo.
Y es en esta etapa donde menos entendemos
el no: no toques, no te metas el dedo a la boca, no corras, no, no, no…
La tendencia del ser humano, como han
dicho en contextos distintos Blanchot y Bataille, es hacia trasgredir el
espacio delineado por la prohibición y la delimitación. En un pueblo inmaduro
socialmente, como sucede en Puerto Rico, las limitaciones y las exhortaciones
construidas con negaciones equivalen a decirle a un niño que no inserte su dedo
en el receptáculo de la luz (si no termina por hacerlo, al menos el infante lo
va a intentar). Por tanto, decir una frase como “No a la violencia” tiene un
impacto semántico de frágil peso: todos entendemos que nos dicen, a que se
refiere, pero no impacta en su valor semiótico.
La violencia, consideremos, es una
energía. Su efecto es adverso si se canaliza de la manera equivocada, mas trabajada en el polo correcto, produce resultados positivos. Así que el
problema de los efectos de la violencia es un tráfico entre el objeto
violentado y el que violenta. Se trata de un acto de cambio, de transformación
necesaria inherente a todos los seres humanos. El ser humano necesita saberse capaz de ello.
Solamente puedo pensar en una actividad
capaz de canalizar la rabia, la frustración, las ganas de sentirse dios pequeño
en un individuo, y es el arte.
El arte pacifica. Cambia. Construye. De
sentido de poder a un individuo sobre los materiales de su producción. Es a través del arte que nos hacemos más humanos, porque son del dominio exclusivo del animal pensante. Es a través del arte cuando logramos entendernos a nosotros mismos y explicarnos el mundo, por ende, estableciendo una relación necesaria con el prójimo. Es el arte lo que nos salva.
"Sin arte y sin artistas estaríamos perdidos", escribió una vez Todorov.
En una sociedad que subestima, desprecia e ignora el arte y sus artistas, estamos perdidos.
Del arte para transformar la violencia,
hablaré más tarde.

