No recuerdo en qué entrada sucedió, pero la paloma niuyorquina hizo su aparición temprana en el juego entre los Rayos de Tampa Bay y los Yankees de Nueva York. Su presencia, inesperada, hasta inspiraba ternura mientras merodeaba el dugout de los Rayos, picoteando las cácaras de semillas de girasol. El pájaro, de plumaje en gradaciones de gris, seducía mi curiosidad, puesto que parecía poco intimidado por el ruido en el parque, los peloteros en movimiento y las luces intensas. Sobre todo, porque las palomas son aves de vuelo diurno.

Sin embargo, allí estaba. Inocua. Y altanera.

El partido se desplazó hacia entradas adicionales luego que Mark Texeira, primera base de los Yankees, empatara el juego a tres carreras con un cuadrangular en la parte baja de la octava entrada.

Llegada la entrada número doce, entonces la magia se apoderó de la atmosfera.

Kevin Kiermaier rompió el empate al conectar un sencillo que trajo una carrera al plato. La paloma, aparentemente molesta, esperó a que el jugador de los Rays se acomodara en la primera almohadilla para transformarse en un grifo, su alas doradas aleteando con ferocidad; vengativo como un thunderbird; gigante como un roc; frustrada como ángel caído. Presagiosa, como La paloma de Patrick Süskind.

El ave atacó directamente a la cabeza de Kiermaier, quien, al protegerse, cayó de espaldas sobre el terreno.

Al cerrar la entrada, los Rays superaban a los Yankees por dos carreras.

Entonces, el “Pigeon Rally”.

Con un out, en el inning doce, el reloj marcaba la llegada de la media noche y el comienzo de las festividades del 4 de julio en Nueva York. Un espectáculo de fuegos artificiales anunciaron la llegada oficial de la fecha en la que los estadounidenses conmemoran su independencia. En medio de todo esto, Brian McCann, receptor de las Yankees, conectó un inmenso cuadragular con dos en base que de le dio la victoria a su equipo de la manera más dramática y humillante posible: dejando en terreno de juego al equipo visitante.

Si fuera libreto de cine, no hubiese quedado mejor.

El béisbol supone ser un deporte que requiere destreza e inteligencia, pero que es superado por sus propios mitos. Antropológicamente, los que abscriben como fanáticos y practicantes del deporte frecuentemente confeccionan elaborados patrones de símbolos y creencias a las que le atribuyen propiedades que inciden en la realidad. A pesar de la persistencia de las habilidades visuales, cognitivas y motoras en la práctica de este deporte, su belleza radica en la persistencia de un mundo instintivo, inexplicable y maravilloso.

El béisbol es un deporte nacido en el realismo mágico.

Seguramente, estos elementos son mayormente reconocibles en el film Field of Dreams, que parte a su vez de la novela Shoeless Joe, de W. P. Kinsella. Ray Kinsella (Kevin Costner), a insistencias de una voz fantasmagórica, construye un parque de béibol en pleno maizal, siembra que sirve de fuente de sustento para su familia en Iowa. A pesar de que se convierte en el hazmerreír de los agricultores adyacentes a su siembra, Kinsella logra ver el fruto de su descabellada idea: el fantasma de Shoeless Joe Jackson aparece, y pronto se le une el equipo completo de las Medias Negras de Chicago, notorio por la famosa Serie Mundial del 1919, en la cual ocho de sus jugadores se vendieron a un grupo de apostadores quienes les pagaron para que perdieran ante los Rojos de Cincinnati.

If you build it, it will come.

En el béisbol, yo pensaba, lo había visto todo. Jason Giambi comenzó a usar G-String como ropa interior cuando asoció la pieza con su resurgir al bate. Moisés Alou orinaba en su mano cuando descubrió que cada vez que lo hacía, su desempeño marcaba diferencias en el juego. En 2011, el dirigente Jim Leyland utilizó el mismo par de boxers durante una racha ganadora de su equipo, los Tigres de Detroit. Matt Garza, lanzador de los Cubs, solo come pollo de Popeye’s cuando va a jugar. Tim Lincecum no cambia de gorra. Ken Griffey vendió su Mercedes Benz cuando pensaba que le traía mala suerte al bate. Y así, un infinitud de historias de peloteros que no se cambian las medias, o no se afeitan, o se rapan el cabello componen el imaginario beisbolero.

Hermoso.

Por el momento, los Yankees se acaban de apoderar de la primera posición y no pienso lavar mi camiseta de entrenamiento favorita.



Escrituras en contrapunto: Estudios y debates para una historia crítica de la literatura puertorriqueña pretende intervenir en el campo de la historia literaria, pero sin entregar una historia totalizadora. Marta Aponte Alsina, Juan G. Gelpí y Malena Rodríguez Castro, los editores de la antología, presentan una serie de textos críticos que, si bien no reconstruyen un devenir total de la historia literaria, suponen lecturas o acercamientos diferentes a ese transcurso histórico.

A partir de la mirada analítica rigurosa de la crítica literaria y con la ayuda de las reflexiones teóricas de las últimas tres décadas en el campo de la teoría literaria y cultural, las y los ensayistas de este trabajo hacen intervenciones puntuales en segmentos o momentos específicos de la trayectoria de nuestras letras.

Colaboran en este libro colectivo las y los siguientes ensayistas:

Marta Aponte Alsina, Francisco Javier Avilés, Efraín Barradas, Rafael Bernabe, Carmen Centeno Añeses, Luis Felipe Díaz, Juan Duchesne Winter, Fernando Feliú Matilla, Eduardo Forastieri Braschi, Juan G. Gelpí, Elidio La Torre Lagares, Ivette López Jiménez, Catherine Marsh Kennerley, Yolanda Martínez San Miguel, Miguel Ángel Náter, Urayoán Noel, Elsa Noya, Juan Otero Garabís, Juan Carlos Quintero Herencia, Francisco José Ramos, Rubén Ríos Ávila, Zaira Rivera Casellas, Malena Rodríguez Castro, Richard Rosa, Áurea María Sotomayor, Gabriela Tineo y María Teresa Vera Rojas.

«La fiesta de los dioses», de Hendrik van Balen. Musée du Louvre, Paris.

El 1915, el poeta Ezra Pound produjo un cuaderno titulado Cathay, que consistía en quince poemas, de los cuales catorce eran de origen chino y uno anglosajón. Pound, partiendo de los estudios del historiador Ernest Fellonosa, y con la ayuda de los profesores Kainan Mori y Nagao Ariga, tradujo la poesía de Chu’ yuan, Mei Sheng, Wang Wi y Li Po para articular un libro cuya novedad no solo consistía en presentar ante el canon occidental una tradición literaria milenaria, sino que la reformulaba.

En efecto, Pound había escapado los desaciertos de la traducción literal al reapropiarse de los textos, procesarlos, hacerlos suyos y publicarlos no como una mera antología de poesía china, sino como cuerpo textual unitario, tanto en estilo como en intensión. El trabajo de Pound gozaba de tal genialidad en el manejo del registro que los críticos comenzaron a preguntarse a quién se atribuían estos textos.

¿A Pound? ¿A los autores originales?

El tema me visita nuevamente al completar la lectura de uno de los mejores poemarios que he leído en lo que va del 2015: La escuela pagana, del poeta y crítico Noel Luna.

Los ciento cincuenta epigramas que componen la obra son apenas una muestra escogida de los casi cuatro mil que componen los dieciséis tomos de la Antología griega. Más que conjunto de meras traducciones, el rigor del trabajo en La escuela pagana “es una tentativa consciente de cambiar de rumbo como poeta. Una creciente insatisfacción con mi propia lírica me inclinó hacia la traducción creativa”, como nos dice Luna en el “Epílogo”.

La escuela pagana es, en efecto, una reapropiación de contenidos.

Aquí merece el esfuerzo preguntarse, ¿puede un texto verterse de un idioma a otro de manera creativa? ¿De un poeta a otro?

El resto del artículo, como todos los meses, lo acceden en Nagari:


La poeta y periodista Glenda Galán, de Dominicana en Miami, revista enfocada al arte, la cultura y la ciudad, tuvo la  curiosidad de preguntarme qué pensaba yo en torno a la desaparición de la literatura latinoamericana, a partir de unas expresiones que el escritor mexicano Jorge Volpi hiciera durante su reciente visita a la ciudad de Miami. Glenda, que es egresada de la Escuela de Comunicación Publicitaria de la Universidad Iberoamericana (UNIBE) y con Diploma en Periodismo de University of Miami, escribe lo siguiente:
A raíz de la visita del escritor y periodista mexicano Jorge Volpi a la ciudad de Miami invitado por La Pereza Ediciones, el tema de la desaparición de la literatura Latinoamericana, quedó sobre el tapete en su conferencia llevada a cabo en el Centro Cultural Español de Miami. Por tal motivo cuestionamos a varios escritores latinoamericanos al respecto. En esta segunda entrega compartimos la opinión del gran escritor puertorriqueño Elidio La Torre Lagares.
La entrevista la acceden aquí: http://dominicanaenmiami.com/?p=14934



La vista desde la cima de Cat Rock es monumental.

Vengo aquí todos los veranos, en una suerte de peregrinaje. La roca es milenaria. Me complace el anonimato de estar allí, sentirme partícula de polvo en una inmensa nada. Sin brújula. Central Park es un templo.

Es fácil desaparecer aquí.

Una arbolada simétrica y frondosa parece amortiguar el horizonte de acero, cristal y concreto que a veces da la impresión que avanza hacia uno. El verdor de Central Park se humilla ante el paisaje neoyorquino. Nueva York siempre será materia poética y me acompaña Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, uno de los libros fundamentales de la poesía moderna española e hispanoamericana.

Desaparecer es fácil aquí.

La Ciudad de los Rascacielos es una zarza que desgarra a Lorca, a quien otro Federico, el de Onís,le recibiera en la Universidad de Columbia a su llegada en junio de 1929. La ciudad, Lorca descubre pronto, es flor de Duende, un poder misterioso, como el poeta mismo definiera, “que todos sienten y que ningún filósofo explica”. El mismo duende que abrazó el corazón de Nietzsche, decía.

El arte nace entre pugnas. La dialéctica entre la realidad subjetiva y el mundo objetivo tensa en una unidad poética.

A 75 años desde su publicación, Poeta en Nueva York se lee como un texto experimental, un baúl de imágenes surrealistas cuya intensa plasticidad estética nos hace perder noción de su posesión capital más preciada: su lírica bioficción.

El resto del escrito lo acceden en Otro Lunes: http://otrolunes.com/37/otra-opinion/duende-en-nueva-york/


Si toda filosofía es una crítica del lenguaje, la tuiteratura es una crítica de la literatura.

1.1 Pensar la tuiteratura me invade justo al cierre del #TwitterFiction Festival 2015, la tercera edición en igual número de años.

1.2 TwitterFiction se restringe, como sugiere su nombre, a contar historias. Pero la tuiteratura tiene un sentido más amplio que esto.

2.  El asunto de la tuiteratura no es que sea un género, sino un uso.

3.  Después de todo, Twitter es un medio y no un género.

3.1 O sea, solo se es tuiteratura en esta plataforma social. Fuera de ella, solo sería literatura. O quizá un verso perdido. O quizá nada.

El resto, como siempre, lo acceden en Nagari.



10. Olvido

las cosas que quedan
entre migajas y café frío
son menos de las que tuve
entre la saliva y el aliento

quizá si me tocas me aplazo
quizá si me nombras me borro
o quizá nada de esto sea necesario

no sé ampararme a tedios pactados

voy granulándome como una mala foto
un paisaje que se desgana




10. Iridiscencia

esa forma de habitar
en que me siento

y te tomo
de la mano

rompe los colores
desmemoriados y tibios

en la soledad
que atraviesa la luz

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