11.20.2009

Apacigua mi corazón… slowly, love

11.19.2009

Ignavo Valparaíso, Capítulo IV

CrissAngel-Float-4 Yo estaba más salado que un arenque. Sabrán que no como arenque, porque a mi paladar le sería imposible degustar un plato tan apestoso. Y cuando se fríen los arenques es peor, porque es como pegarle fuego a las axilas de Satanás y sentarse a tocar la lira mientras el mundo se intoxica. Pero en verdad que yo no pegaba una, pensé. Estaba más salado que un arenque.

Mientras yo me cuestionaba la manera en que mi vida había girado, observaba a Iggie devorarse su segundo desayuno, esta vez consistente de omelet con queso, champiñones, tocino y cebollas, con sus rebanadas de pan tostado y jugo de naranjas. En cambio, yo, con tanto desaliento, y sin mencionar los golpes recibidos en el estómago, había hasta perdido el apetito, por lo que me dedique a mirar alrededor.

Aquella gente era gente rara.

Había que descifrarlos a tiempo antes que me lavaran el cerebro, me disecaran o me utilizaran para alimentar los cerdos. Pero en lo que Iggie comía, lo cual parecía ser un acto litúrgico o algo parecido, porque la Nana se mantuvo de pie junto a él todo el tiempo, así, sin decir palabra, pues me puse a apreciar la lúgubre decoración de la casa.

Aquel Dr. Genenstein tenía el gusto en el mismo orificio por donde expelía los desechos de su cuerpo.

El apartamento era una depresión de piedra y madera. Aquello era un inducidor natural de suicidios. El interior del apartamento estaba decorado muy a la americana, con esos tonos graves de madera de cedro tragándose las posibilidades de la luz. En una de las paredes colgaban decenas de relojes de diversos tipos y tamaños, muchos dando la hora exacta, otros inservibles, otros bastante adelantados, aunque otros bastante atrasados.

Mientras tanto, la Nana mantenía la mala cara.

Tenía el pelo recogido en un rígido moño que daba la impresión de que se halaba el cuero cabelludo, frente y todo para tratar de estirar las arrugas.

Claro, al tiempo no hay quien le gane, y menos con tanto reloj de panorama en la misma sala de estar.

Yo no decía ni que lindos ojos tienes, porque no tenía los ojos lindos. Lo que tenía eran dos orbes que me querían rebanar como a pata de jamón.

—Debería darle vergüenza —me dijo finalmente, acuchillándome todo el tiempo con aquellos ojos de estilete.

—Y a mí, ¿por qué?

—Aprovechándose de la inocencia de los demás.

—A mí el chico no me pareció tan inocente. Además, lo que hice fue un favor.

—¿Un favor al pervertir su inocencia y hacer que me dijera cosas?

—Yo no sabía que usted era su madre. Yo...

—No soy su madre.

—Bueno, lo que sea. Yo pensé que...

—No hace falta que me diga lo que pensó. Lo que usted piense no me importa. Usted es un vividor de gente. Lo he visto por las calles de San Juan pidiendo limosna.

—¿Vividor yo? ¿Vividor yo? Señora, con su permiso. Me insulta. Me voy de aquí.

—Que no va a ninguna parte. Siéntese donde estaba.

Así lo hice, no por sentirme amenazado, claro, sino por decencia y respeto a los mayores.

—Oiga, abuela, ¿la frase restricción de la libertad no le dice nada? Es como tomar a uno de rehén.

—Ignavo se escapó. Se fue por voluntad propia. Y usted, genialmente, me lo trae de vuelta. Esto sólo me ocurre a mí.

—Al perro flaco, todo es pulga.

—¿Ah, sí? Pues sepa que zapato viejo que boto, no recojo.

—La culpa es tan fea que ahora no quiere cargar con ella.

—Palabras de burro no llegan al cielo.

—Precisamente...

—¡Suficiente! ¿Por qué tenía usted que aparecer en mi vida? Yo tenía todo planificado, pero usted no me va a echar a perder la cosa.

—Conque quería deshacerse del muchacho, ¿eh? —dije en tono amenazante—. ¿Estás escuchando eso, Iggie?

Iggie, mientras seguía comiendo, asintió como si no le importara.

—Se llama Ignavo. Ignavo Valparaíso —dijo nuevamente con aquel tono de voz de exquisita soberbia diez grados bajo cero.

—Es que nos hicimos panas. Cuates. Carnales. Tíos.

—Él no entiende lo que está sucediendo.

—Ni que fuera una tabula rasa —dije con acostumbrado cinismo—. Por favor, llamen a Hobbes, que hemos encontrado al buen primitivo.

—Yo sé lo que le digo. Yo crié al muchacho. Jamás había salido de los confines de este apartamento. Él no conoce la maldad.

—¿Ah, no? Y yo soy Johnny Depp.

—Usted lo que es un estúpido.

—Y, ¿cómo le sienta que lleve su caso a las autoridades, eh? Pues por lo que me dice, el muchacho era rehén suyo y del tal Dr. Genenstein, a quien no le he visto el pelo todavía.

—Elmmm doftor ehjjj uehjno conjmigohjjjj— dijo Iggie.

—¿Qué? —le pregunté con el rostro plegado por lo ininteligible de aquella lengua extraña.

—Dice que el doctor es bueno con él —tradujo la Nana.

—Ah, bueno. Yo no hablo alemán.

—No es alemán, estúpido. Es que tiene la boca llena de comida.

—Oiga, pues para haber estado enclaustrado tanto tiempo como usted dice, ustedes han perdido el tiempo enseñándole modales.

—¡Suficiente! —dijo la Nana encolerizada.

Iggie continuó degustando su desayuno y después dijo que quería irse al balcón a mirar El Morro en la distancia. Asomarse al balcón le era permitido a Iggie, me dijo la Nana al yo reprocharle cómo era que lo dejaban otear la vida desde allí sin haberle dado la oportunidad de interactuar con la gente. Esa siempre fue la voluntad del doctor, me dijo Nana. Y aquí se hacía lo que el doctor dijera.

Fue la voluntad, dijo.

Fue. Pasado preterito passé.

Fue.

Como lo que ya no es.

Un cambio de estado de la materia o de plano de la existencia. Entonces no pude contener más mi curiosidad y pregunté por el doctor, que cuando regresaba, que me moría por conocerlo, y que me ofreciera un trago de aquel brandy Napoleón que descansaba virgen sobre el recibidor. La Nana me dijo que el doctor había desaparecido. ¿Desparecido? ¿Así no más? Puf. ¿Y ya?, cuestioné en legítimo derecho. La Nana entonces me sacudió con un pensamiento que me paró todos los vellos de mi cuerpo: ella sospechaba que Iggie había asesinado al doctor y había dispuesto del cadáver de alguna manera diabólica.

—Por eso me marchaba y por eso me marchó, vagabundo entrometido —me dijo—. No voy a ser la próxima. Esas cosas de lo malo existen. No voy a ser experimento de nadie.

—Pero si la asesina ya no le queda nadie más, y eso sería muy paradójico, pues el chico aparentemente vive para comer y, ¿quién le cocinaría?

—Él no tiene cabeza para pensar en esas cosas. Es como un animalito, digo yo. Vive a la buena de Dios, con el día a día.

—¿Y qué le hace pensar que fue Iggie quien se deshizo del doctor?

—El chico me dijo que se encontraba practicando un truco de magia, con la asistencia del doctor, cuando... ¡Jesús, María y José!

—Se le quedó el burro y la vaca.

—No sea payaso. A lo que quiero llegar es que hubo como una explosión, como si desatarán una gran fuerza que estremeció las paredes de la casa. Cuando acudí al estudio del doctor, porque me sospeché que me necesitarían para limpiar algo, de seguro, encontré a Ignavo envuelto en una nube de humo, con una sonrisa amplia y sus ojos muy brillantes. No había rastro del doctor. Entonces, al pedir explicaciones, Ignavo me dijo lo que había hecho. ¡Ay, San Judas Tadeo!

—Y dígame, Nana, ¿doctor en qué es el doctor Genenstein?

—Doctor en física en la Universidad de Puerto Rico.

—Porque si era un hombre de ciencias... ¿el doctor se prestaba para trucos de magia?

—El doctor fue quien le enseñó los trucos. Él era profesor de física, sí, pero también era un aficionado a la magia, en particular los actos de ilusionismo. Acá entre nos, siempre pensé que eso eran cosas del diablo, pero el doctor decía que un ilusionista genuino era alguien que dominaba las propiedades de las dimensiones, a saber usted lo que eso significaba. Yo sólo repito lo que escuchaba. Y ya no sé más. Yo no entiendo de esas cosas, sabrá. Siempre me encargué de la limpieza de esta casa, de que Ignavo durmiera en un lugar limpio y cómodo, de que comiera bien, pero nunca me metí con los experimentos del doctor. Ahora tengo que quedarme sola con el muchacho y verá, no es fácil. Yo soy cristiana, ¿usted entiende? El chico tiene dones. Y como usted ha descubierto su secreto, usted es tan responsable por él como lo soy yo.

—¿Yo? ¡Pero si nunca lo había visto en mi vida! Mire, a ustedes lo que le falta es sarna para rascarse, así que yo mejor me voy.

—Usted conoce el secreto de Ignavo, así que eso lo hace responsable. El chico no tiene malicia, ¿comprende? No sabe nada de nada. Todo su mundo ha sido lo que ha leído en libros y revistas. Y lo que ve desde el balcón, claro. Yo no estoy capacitada para comenzar a encaminarlo por el mundo. Mucho menos cuando él no controla el alcance de sus poderes.

—Bueno, ¿y que le parece si nos escabullimos usted y yo ahora mismo y nos olvidamos que nos conocimos?

—Eso sería irresponsable, además de que con usted yo no voy ni de aquí a la esquina.

—Pues si piensa que me lo voy a quedar, está más loca que una cabra.

—Usted no parece ser iletrado.

—No, ¿verdad?

—Tiene cara de vagabundo vividor, de vago y de hijoeputa, pero no de iletrado.

—Oiga...

—Tal vez pueda entender mejor si le dejo ver los documentos que dejó el doctor.

—Pues, después de usted, my lady.

El estudio del doctor Genenstein, dijo la Nana, estaba idéntico a como había quedado desde la última vez que Iggie y el físico estuvieron allí. La Nana se había rehusado limpiar por aquello de no envilecer la escena del crimen. Había libros por doquier, microscopios, modelos a escala del sistema solar, frascos sellados con cosas en su interior, telescopios que apuntaban al espacio sideral que se asomaba por una ventana en el mismo techo y otras cosas alusivas al estudio de la materia y el universo. Yo me sentía ridículo caminando con tanta precaución, como si al respirar muy profundamente fuera a derribar todo a mi alrededor.

La Nana no me perdía a pie ni a pisada.

Me miraba con una desconfianza que no le daba la gana de disimular. Me condujo hasta el lugar donde asumidamente se había llevado a cabo el mágico acto de desaparición. En el piso había una mancha negra, como de tizne, que tenía la forma de un sol estrellado.

Estrellado de derribado, no de lleno de estrellas.

Sobre el escritorio había una libreta de apuntes. “No hay nada más rápido que la velocidad de la luz, A. Einstein”, decía un epígrafe en la primera página. Aquella libreta voluminosa contenía, a partir de entonces, cientos de anotaciones, fórmulas matemáticas, gráficas, tablas y otros garabatos que aún un hombre de mi alcurnia no podría descifrar.

Verán, yo soy filósofo y posmoderno.

Soy arqueólogo de los actos del hombre a través de los siglos.

El mero hecho que haga de vagabundo no quiere decir que lo sea.

No, señor.

Yo soy de los que cuestiona y busca la diferencia entre la realidad y lo que es la apariencia superficial.

Y viviendo en este país, un día me decidí a comprobar si el mundo en que yo vivía era real; si las calles, las tiendas, la congestión de tráfico y los siempre tardíos autobuses eran de verdad; si la gente que puebla las aceras, se monta en aviones, si los mismos aviones eran real; si lo real era solamente lo físico, lo tangible, lo material; si la realidad era una propiedad de otra cosa, algo así como una regla dorada o la sabiduría y propósito de Dios. Claro, metido en aulas desérticas de alguna universidad, escribiendo monografías que deslumbrarán a mis colegas, para mis colegas, cuestionadas por mis colegas, y a veces, derrocadas por mis colegas mismos, no iba a llegar al fondo de la gran pregunta: ¿Qué es la verdad?

Y la verdad en aquel momento era que yo no entendía un carajo de lo que leía, puesto que, aparte de una terrible caligrafía, tanto número y tanta variable no me decían nada.

Allá los cabalísticos, pero para mí lo que nombra la realidad son las palabras, aunque ellas mismas sean altamente cuestionables sobre su misma existencia.

No obstante, había intersticios de luz entre todo aquella madeja de fórmulas y dibujos. “Cada vez que recordamos algo, viajamos en el tiempo a un lugar y momento del pasado”, decía, por ejemplo, uno de los pasajes en la vetusta libreta. “Pero, ¿no sería grandioso poder hacer el viaje en presencia y consistencia física?”, añadía. Sin dudas, que el doctor tenía afición por retar las rotaciones de la Tierra. Minkowski, Einstein, Newton, Feynman, Gödel, Tipler, entre otros, eran constantemente aludidos y citados, dejando entrever que el Dr. Genenstein consideraba todo desde la física tradicional hasta la física cuántica, que no admitía una sola espiga de razón, sino un ramillete de verdades que pudiesen estar todas en lo correcto como que equivocadas. Porque Genenstein, evidentemente, quería dominar las propiedades de la materia para viajar en el tiempo. Eso se caía de la mata. Pero su recurso indispensable iba más allá de meros campos electromagnéticos, protones, electrones, positrones, antimateria o cualquiera de esas cosas en su carácter particular, sino que el científico buscaba canalizar la potestad sobre la constante del cambio a través del principio de la inteligencia: la palabra.

Genenstein postulaba en sus escritos que alguien que dominara los estados de la materia, sus posibilidades de cambio y transformación, podría viajar libremente a través de una línea de tiempo. Ese alguien tendría que estar dotado de un poder o don especial, legado por generaciones a los primeros historiadores y poetas de los pueblos, los brujos o curanderos, magos o hechiceros, llámeles como sea. Genenstein los nombraba “ilusionistas”. “El espacio, por sí sólo, y el tiempo, por sí sólo, están destinados a desaparecer en la agonía de las sombras”, decía una nota al pie de una de las páginas, “y solamente la unión de ambas perpetuará sus respectivas independencias”.

Tiempo y espacio unificados en matrimonio para toda la vida. Genenstein exploraba las teorías de la curvatura tiempo-espacio en donde ésta le indica a la materia como moverse y, en reciprocidad, la materia le dice al tiempo-espacio como curvear. Que si eso hace posible retar el tiempo. Que si eso hace que la luz se encorve. Que si eso hace que uno pueda viajar al pasado.

Al leer la última página escrita de Genenstein, encontré un pasaje que leía:

Si un ser yo pudiese encontrar su línea del tiempo, y viajar en ella siempre a una velocidad menor a la velocidad de la luz, yo podría ver todo a mi alrededor sucediendo de manera normal en su orden causal. Entonces llegaría el momento que la línea misma se cerraría, y esa sería la manera de viajar físicamente al pasado. Existen diversas maneras de lograrlo, pero todas ellas requerirían una gran cantidad de energía que, en la mayoría de los casos, no poseería medida posible, porque su magnitud tendría que ser infinita. La única manera de lograr acceso a esta energía infinita es tocando el infinito mismo por medio de lo que los religiosos llaman poder de Dios, pero que los paganos llaman magia. ¿Cómo lograrlo? Irónicamente, todo lo que requiero es tiempo... pues el tiempo no se detiene... me desgasta y me degenera... quiero tiempo para entender al tiempo...”

¡Por las barbas de H. G. Wells, que el demente del doctor le había pedido a Iggie que lo transportara al pasado!

Mientras le comentaba todo esto a la Nana, quien tenía cara de entender menos de lo que entendía al principio, se escuchó un tumulto en la calle. Cuando acudimos para ver de qué se trataba, vimos a Iggie suspendido en el aire, sin ayuda de sostenedores ni tensores ni nada por el estilo.

Iggie flotando sobre la Calle San Sebastián como dirigible en la Parada de Macy’s.

La gente se maravillaba y exclamaban que hasta se parecía a Chris Angel. Iggie, con sus ojos cerrados y en posición de Buda bajo el árbol en que le desperdigó la iluminación, ni se enteraba. De lo que sí se enteró fue de un botellazo que alguien le arrojó desde algún lugar de la acera, al reconocer que quien flotaba era la misma persona que había decapitado a una mujer el día anterior. ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Desmembrarnos a todos?, gritó la voz. Y luego vino el botellazo. El muchacho, al caer en la festiva calle, fue celebrado a patadas por la breve muchedumbre que allí se había aglomerado y que, en efecto, habían reconocido a Iggie. Quién sabe si hubo hasta quien le dio por solidaridad o por aburrimiento, pero le dieron hasta que la Nana y yo lo fuimos a recoger.

—Eso es lo que le pasa a los que viven de ilusiones —dijo sabiamente la Nana—. La caída siempre es dolorosa.

Y a mí me comenzó a doler el ánimo cuando supe que había caído en una trampa de conmiseración humana, y que no podría abandonar a Iggie, al menos por el momento.

11.17.2009

Ignavo Valparaíso, Capítulo III

2cm433 Las reacciones a esta novela por entregas han sido una verdadera sorpresa. Pero aclaro: es solo diversión. Aquí les dejo el tercer capítulo.

Iggie y yo llegamos en nuestra carrera a la Plaza San José y, al parecer, al socio se le oxigenaron los recuerdos, porque cuando nos sentamos al pie de la estatua de Ponce de León, con su dedo apuntando al incierto horizonte infinito y fantasmagórico de esta isla bendita de nadas, dijo las palabras claves:

—¡Nana!

—¿Ahí vive tu nana?

—Sí, ahí es.

—O sea, que ahí también vives tú.

—Sí, eso es correcto —me dijo con una alegría que no podía disimular.

—Vaya, pues hágame el honor que yo le entregue personalmente a tan irresponsable persona que ha dejado salir a una bestia tan peligrosa. Ah, pero mi hermano, yo no me muevo de aquí hasta que usted me explique qué cosa fue eso que hizo en la cocina de la Dulcinea, que aparte de llenarle de humo la cocina a Don Peyo, probablemente le ha costado el trabajo a Lalo.

El chico sólo sonrió y me dijo que un buen mago nunca revelaba sus secretos. ¿Mago? Mago de mierda, dije yo, y maldije y blasfemé, como usualmente hago cuando la gente me quiere correr la máquina, y le dije que a mí no me viniera con cuentos chinos, que ya yo estaba grandecito para esas pendejadas, y que acabara y me dijera a qué demonio él le rendía culto, porque aquello sólo podía tener una de dos razones irracionales: o habíamos escapado por santa leche divina de Aquel que dirige la corporación del cielo, o habíamos escapado por algún truco sulfurado de aquel que reina en el cuarto de máquinas de la tierra.

A mí que no me viniera con aquel rollo de que un mago no revelaba sus secretos, porque los magos no son imbéciles, y aquel Iggie, de imbécil tenía hasta la manera rígida en que caminaba, como si se hubiese almorzado una varilla de hierro. Si se infla la llama, se quema el quinqué, y el mío ya estaba achicharrado. Sin más decir, le propuse a Iggie ir a buscar a su Nana, quien debía estar preocupadísima por la desaparición inexplicable del chico.

Llegamos al portón de entrada e Iggie llamó a su Nana. La voz subió por las escaleras arrastrándose como una serpiente buscando el árbol de la vida en medio del paraíso y regresó clonada en ángeles plomizos expulsados del cielo que se estrellaban contra nuestros oídos. A lo mejor no hay nadie, pensé yo en voz alta, pero Iggie me dijo que nadie nunca salía de la casa del Dr. Genenstein, quien quiera que fuera el sujeto.

Iggie volvió a llamar, esta vez secundado por mi voz de barítono natural. El eco fue terrible, como el de una terrible soledad que se alberga por las paredes y escaleras y que sólo puede reproducir un eco solitario y terrible. No obstante, se escuchó el chirrido de una puerta seguido por el sonido de pasos que descendían la escalera y una voz diciendo: «Ya, ya. Es que cuando una más prisa tiene, más se le complican las cosas».

Iggie sonrió y me miró. Esa es Nana, me dijo. Era lo menos que esperaba yo, pensé. Digo, entre tanta aparente desolación de aquel edificio lo menos que uno podía esperar era que alguien llamado Nana respondiese al llamado de “Nana”. Pude distinguir, entre los intersticios de hierro que posaban de ventana en la hermética puerta de madera, que una mujer negra vestida de negro se acercaba a recibirnos. Cuando finalmente abrió la puerta, la mujer abrió los ojos como gato que le pisan la cola y gritó: «¡Jesucristo en un portal!». Intentó cerrar la puerta, pero Iggie, que tenía pies muy grandes, o tal vez era que calzaba zapatos que no eran de él, ya tenía, como dicen por ahí, un pie adentro. Literalmente. La señora hizo presión sobre la puerta, pero todo lo que logró fue apachurrar el pie de Iggie, quien gritó: «¡Nana, Nana! ¡Que me dejas sin pie!». Mi reacción fue liberar al muchacho, claro, y comencé a forzar el portón en su dirección natural de entrada. Dos son más que uno, y más si el uno ya está en el ocaso de la vida, así que logramos abrirnos paso por la fuerza. La señora cayó al suelo, pero con la misma naturalidad se levantó y emprendió carrera atlética escaleras arriba.

—¡No, no, no! ¡Ya se acabó! ¿Oíste? ¡Se acabó todo!

Mientras la seguíamos, pensé que lo que se había acabado era la comida, porque desde que conocía al Iggie lo único que había demostrado ser capaz de hacer era comer. Ah, y hacer trucos fatulos de magia. Eso era razón para salir como había salido la Nana, corriendo erizada como alma propulsada por el pecado. La nana, al llegar al apartamento, hizo tronar la puerta. Yo pensé: Esto es raro. ¿Y si el “se acabó todo” se refiere a una relación amorosa? ¿Y si ambos tenían una depravada relación donde la edad no era requisito para que dos cuerpos y dos almas se unieran en la cosmicidad de un beso? Ah, esto se ponía bueno. Ni en el peor de los culebrones se daría algo igual.

—Dile que no, que no se acabó —le instruí a Iggie, como quien le hecha combustible a un pequeño fuego.

—¡No, no se acabó! —obedeció el chico.

—¡Sí, sí, sí! —dijo Nana escaleras arriba.

Luego cerró la puerta que daba acceso al apartamento.

—Dile: No, no, no —motive a Iggie, arrimándome a la puerta.

—¡No, no, no! —repitió él, mientras empujaba fuerte con sus dos manos, pretendiendo derribarla.

—¡No me hagas esto! ¡Te lo suplico! —dijo Nana.

—Ya ves. La soberanía del macho se impone. Ella cede. No te rindas— le dije a Iggie, con el entusiasmo de un second que anima a su púgil al pie de un ring de box.

—¡Que no me rindo! —dijo Iggie.

—No me atormentes más. No quiero seguir a tu lado. Que tengo una vida por delante, ¿me oyes? —reclamó Nana.

Vaya optimismo. ¿A los sesenta años esa señora creía que iba a comenzar su vida?

La escena, patética por demás, se acunaba entre el dolor provocado por un amor frustrado y el horror de enfrentarse a una realidad que uno viene eludiendo ante la traición del tiempo. Le dije a Iggie:

—Dile que ella será tuya toda la vida.

—¡Serás mía toda la vida!

—Tu cuerpo, tus respiros, tus pensamientos... toda mía.

—¡Tu cuerpo, tus respiros, tus pensamientos... toda mía!

Un silencio embargó el momento y la puerta se abrió lentamente.

Nana, con su mirada llorosa, se mantuvo frente a nosotros con sus brazos colgantes como enredaderas secas. Su cara estaba desprendida de todo signo de emoción, como quien no sabe qué sentir. Sin duda, habíamos ganado.

No pude estar más equivocado.

De pronto, como un Jasón en Viernes 13, Nana se aferró con una de sus manos a la oreja de Iggie, mientras que con la otra mano le abofeteaba la cara como plenero a su pandero. Pum, pum, cata pum pum pam.

—¡Desvergonzado! ¡Depravado! ¡Irrespetuoso hijo ‘e puta! ¡Ahora es que yo te voy a arreglar! —decía la Nana.

Me costó trabajo separarlos. En el esfuerzo, como en todo intento de mediar entre dos bandos hostiles, me cogí mis propios sopapos personalizados en la boca del estómago.

Me dieron de arroz y de masa.

Me dieron bofetadas en ambas mejillas, sobre todo un barrecampos que me estremeció la oreja, provocando un aguijoneante zumbido que me taladró el tímpano y me dejó aturdido por unos minutos. Para rematar, recibí otro par de golpes en la boca del estómago, el cual, al estar en aquella condición de completa vacuidad (por culpa del Iggie, claro), ocasionó un tremendo regurgitar que me hizo terminar en una esquina de la casa vomitando una suerte de biliosidad amarilla. Para colmo, Nana me dio par de escobazos por devolver semejante porquería en pleno piso acabado de pulir.

Nos tomó un rato recuperarnos a Iggie y a mí. Iggie lloraba como un niño y preguntaba que qué él había hecho. Nana pronto se dio cuenta que el chico simplemente había fungido de marioneta.

—Y éste, ¿quién es? —preguntó, mientras me miraba con furia de gladiador.

Iggie le explicó que yo le había salvado la vida y le había dado un lugar dónde comer y hasta le había llevado a comer.

—Ah, sí —dijo ella—. Después de lo de la mujer que decapitaste.

—¿Se enteró? —intercedí.

—¿Que si me enteré? Todo el mundo se enteró. Y precisamente dije: «Este ya no regresa». Y, ¿sabe qué? Ya estaba lista para marcharme, y ahora esto, apareces nuevamente como por arte de magia. Lo siento. No voy a dar marcha atrás a lo que ya está decidido. Me largo de aquí.

—¿Me harás comida cuando regreses, Nana?

La Nana se deshizo emocionalmente, y hasta en un momento temí que se desvaneciera en la nada. Lo miró con toda la pena que puede infundir una persona idiota que no se da cuenta que lo están abandonando. Acudió a él y lo tomó muy maternalmente en sus brazos, muy tiernamente, como si de pronto la embarazara un deseo de protegerlo de todo el mal del mundo.

Lo acurrucó. Lo besó sobre la cabeza. Acarició su corto pelo rizo. Lo apretó contra sus pechos y cerró los ojos, como cuando se acerca el barrunto del dolor de una separación inevitable.

—No entiendes nada de nada, Ignavo. Nada de nada.

Iggie sollozaba entre sus brazos, y el cielo colapsó sobre mí con toda la carga posible del sentimiento de culpabilidad, porque, en aquel momento, la imagen de la Nana se transformó en mi madre, y yo, en el desamparado hijo que una vez no sé cuándo vi perderla entre unas últimas caricias y unos besos que, probablemente, todavía están viajando perdidos por el espacio, como muertos que no saben que ya han sido sepultados.

Entendiendo que mi misión había concluido, procedí a retirarme de la escena, dejando a la Madonna y a su hijo a solas, cuando una gélida voz congeló el aire.

—Usted no va a ninguna parte— dijo la Nana.

11.16.2009

Douglas Coupland madura: Generation A y comenzar de nuevo

GenerationA_IntoTheArticle Recuerdo las tardes de ocio, la incertidumbre, la desilusión y la manera en que el mundo se expandía ante mis ojos a la velocidad del pulso por la fibra óptica. Yo ni tenía la más mínima distancia de lo que era un futuro, pues aunque en 1991 todo parecía abrirse a un nuevo mundo, en algún sentido había un sinsaborcito persistente en aquello de graduarse de un grado de universidad especializado en literatura para terminar trabajando en una compañía de seguros de salud.

Entre MTV, la corbata y el VW, la primera generación globalizada inauguraba el siglo XXI (De acuerdo a Lukács, el Tercer Milenio comenzó con la caída del Muro de Berlín). Debo reafirmar que me refiero específicamente a una generación demográfica y sin aplicación literaria consecuente. Se incluía en la Generación X a todo aquel nacido entre 1960 y 1980, los hijos no deseados: el margen de error de la píldora anticonceptiva.

El título provenía de la novela del mismo título del canadiense Douglas Coupland, la cual recogía el peregrinar de Andy, Claire y Dag, tres renegados de la historia que vivían del salario mínimo de los “McJobs”.

Veinte años más tarde, Coupland escribe una secuela que no necesita de su predecesora para entenderse, al menos no en términos argumentales: Generation A.

En esta ocasión, cinco extraños se convierten en sensaciones mediáticas cuando son atacados por un enjambre de abejas y separados del resto de la humanidad. La acción toma otro giro cuando, al ser devueltos a la sociedad, encuentran que el mundo los ha olvidado, por lo que se retiran a una isla lejana y solitaria a consolarse unos a otros por medio de las historias que cada uno de ellos imaginarán.

Douglas Coupland, el gurú del individualismo capitalista posmoderno en Generation X, madura. Generation A es una historia de la vida como experiencia colectiva. Del solipsismo de los ’90, Coupland es capaz de ficcionalizar un modo de espiritualidad regenerativa.

Esta es la novela de los nuevos comienzos, aunque sea para enfatizar la vigencia de los finales.

11.14.2009

Ignavo Valparaíso, Capítulo II

 700En la mañana pasé el susto de la vaca. Yo no sé en realidad cuál es ese susto, pero mi madre siempre que se asustaba decía que había pasado el susto de la vaca y por eso yo digo lo mismo. El asunto es que yo vivo acostumbrado a mi monástica soledad, ¿verdad? A acostarme solo y a levantarme solo, con excepción de la compañía de alguna que otra rata que me ronda el sueño, pero ese día encontré un bulto de lona verde y polvorienta bajo el cual, al descubrirlo, encontré a Iggie. Dormía profundamente en posición fetal y no sé por qué me recordó la osamenta de un conejo. De todas formas, pasé el susto de la vaca porque entre el vino y el cansancio de la noche anterior ya hasta se me había olvidado que me había llevado aquel premio gordo que no sabía el camino de vuelta a su casa.

Luego de un enjuague bucal, por supuesto, desperté al pobre infeliz. Dormía como un angelito, en verdad. Parecía sumido en el más dulce y placentero de los sueños. Ni siquiera yo mismo creo que yo haya logrado una paz tan profunda en mi perra vida. Pero yo no he de quejarme. Yo sólo hablo de que el Iggie estaba remontado en la nube nueve de su divina paz, imperturbable como la serenidad que reflejan los bebes al dormir. No me atrevía a despertarlo, pero de pronto él abrió los ojos en automático, como cuando se le encienden las luces a un auto, y cuando me vio tan cerca de él pegó el grito de Garito.

Yo no sé ni conozco a ningún Garito. Eso también lo decía mi madre en aquellas placenteras tardes de domingo en que me llevaba a las fiestas patronales, y cuando nos acercábamos a las máquinas de diversión y escuchábamos los gritos despavoridos de la gente, ella decía: “Ese es el grito de Garito”. Y, pues, el Iggie, pegó el grito de Garito cuando me vio. Ya sé que no soy un Adonis, y menos bajo esta barba demacrada de asceta en pleno desarrollo, pero es parte de mi idiosincrasia.

Luego de desearle buenos días, Iggie me dijo que tenía hambre. ¿Ah, sí?, le dije. ¿Y quién crees que vive en mis entrañas? Él me miró con cara de incomprensión absoluta, como al que le hablan en una lengua ininteligible. No sé por qué, pero el muchacho de pronto irradió cierta ingenuidad de todo lo que estaba sucediendo que hasta me provocó ese sentimiento traicionero que socava muy por debajo de la piel y sobre la superficie de la sangre, que es la compasión. Sus ojos fulguraban con extraño brillo, como el de las canicas cuando son nuevas y nadie las ha usado todavía. Una mirada así podría pasar por un par de ojos sin estrenar, como si no hubiesen visto mucho o nada durante su existencia. La mirada enternecía, porque si uno se quedaba admirando la complexión de las facciones de su rostro, podía pensar que los ojos no le pertenecían, porque eran muy puros para aquel rostro que, aunque limpio y lozano, tenía la ilusión del tiempo que pasa marcada.

Se me ocurrió ir a la Dulcinea, restaurante donde yo conocía al cocinero, y quien ocasionalmente me guardaba algo de comida siempre y cuando su jefe no estuviese por allí. Su jefe, don Pello, tenía una política en contra del mantengo, y yo estaba de acuerdo con él. Caramba, que eso de siempre vivir de la caridad de los demás es un eufemismo para la vagancia en este país de iletrados y desempleados. Y esta bendita tierra de 500 años no había tenido iniciativa ni para afeitarse las axilas. La noción de discontinuidad, como dice Foucault, ocupa un lugar mayor en las disciplinas históricas, y uno no tiene que haber vivido cronológicamente el momento para darse cuenta de estas cosas. Sólo hay que afinar los ojos y verlo.

Pues allí fuimos a dar, a la Dulcinea. Lalo al principio se molestó porque llevé compañía. ¿Qué crees que es esto? ¿La Posada de Jesús, donde alimentan a los indigentes? Ay, que no me ofendas tú, hombre. ¿Indigente yo? Yo vivo de la Maestra Vida, como la llama Rubén Blades. A mí me alimenta en canto de los pájaros, la caricia del viento, al arrullo de los coquíes, el sol que se rompe todas las mañanas como un huevo frito en la sartén celestial...

—Pues puedes irte por donde mismo viniste, porque lo que tengo aquí es pan viejo y algunos chorizos. No hay huevos fritos.

Acepté la ofrenda bajo protesta, en completa indignación, porque en ningún momento yo impliqué que se me antojaba un par de huevos fritos con jamón y patatas fritas. No, señor. El hecho que yo le hubiese llevado allí un alma en necesidad caritativa no era asunto para enojarse tanto. Que son mi arroz y habichuelas los que están en juego, me reprochó Lalo. Y luego continuó profiriendo insultos a mi dignidad humanista como que aquello que yo había hecho era un abuso de confianza, que me daban pon y que luego quería guiar, que me daban así y yo tomaba asao. Claro, hasta que le enseñé las monedas que Iggie había extraído mágicamente, y que eran, en efecto, mágicas, porque tuvieron un efecto encantador en Lalo.

—Tomaré esto para ajustar las cuentas que tenemos pendiente—dijo amablemente.

—Borrón y cuenta nueva— dije contento.

—Perfecto. Y dime. ¿Quién es el ternerito?

—Pues no sé realmente.

—Su cara me es familiar.

—¿Ah, sí? Qué bueno, porque a lo mejor me puedas decir dónde rayos vive.

—¿Y él? ¿Para qué tiene boca?

—Para comer, coño. No ves que está atragantado con el jodido pan ese que nos diste.

Lalo me miró como el que pierde un debate intelectual de gran altura y categoría.

—Claro… — comentó mientras nos servía un zumo de parchas.

—¿No tienes algo más consistente por ahí?

—¿Cómo qué?

—No sé. La cerveza lager tiene bastante cuerpo y...

—Pues lo único consistente aquí es la punta de acero de mis botas.

—Ah, bueno. En ese caso me quedo con el juguito de parcha. No quiero crearte un desaire.

—Claro. Mira, sabes que don Peyo llega pronto. No me busques problemas. ¿Por qué no se van al mismísimo carajo, o prefieren que yo mismo los lleve?

—Qué modales tan burdos. Mira, como eres mi amigo y te aprecio, asumiré que nada de esto ha ocurrido y que de tu boca jamás han brotado semejantes barbaridades.

—Vete mucho a la mierda. Tú y tu ternerito.

—No es mi ternerito. El chico padece... tú sabes...

—No, no sé.

—Sí serás sopla gaitas. ¿Cómo pretendes que te diga que el chico padece de sus facultades mentales frente a él?

—A mí me parece de lo más normal.

—¿Sí? Pues padece de algún tipo de amnesia, porque no recuerda donde vive.

Lalo reculó como si dudara de mis palabras, y luego clavó aquella mirada que él sabía guardar bajo la sombra de su follaje de cejas, que más bien parecía una sola que dos. Era una mirada gorda y pesada, como el mismo Lalo, y cuando la dejaba caer sobre alguien era muy asfixiante y opresora. Iggie tupió su masticar como si lo hubiesen colocado en modo de pausa. Reciprocó la mirada de Lalo con aquellos ojos de animal perdido, aquellos ojos que cantaban ángelus si uno se sumergía lo suficientemente en ellos. Me atinó una ráfaga de mirada que me preguntaba, sin duda, quién es este y que quiere. Luego se fue acerando lentamente hacia el rostro de Lalo, mirada contra mirada, el espacio entre ellos acortándose. Ninguno de los dos pestañeaba. Lalo remallaba su rostro para hacerlo ver más fiero e intimidante de lo que en realidad era; Iggie se mantenía con sus ojos engrandecidos y hasta parecía que se agrandaban más a medida que se dilataban sus pupilas. Yo alternaba mis ojos del uno al otro para determinar quién era el primero que cedía, pero ya cuando se tocaron frente con frente, supuse que sólo podían ocurrir dos cosas: o se besaban, cosa que era improbable, conociendo a Lalo, o que éste último le arremetiera un sopapo de esos que muchas veces me había obsequiado y que yo, como hombre de paz que deplora la violencia, no había querido contestarle, mucho menos viendo aquella mole de grasa de casi 250 libras.

—No puede ser —dijo Lalo finalmente.

De la misma parsimoniosa manera que se acercó a Iggie, retrocedió.

—¿Qué no puede ser? —inquirí lleno de curiosidad y desubicado de todo lo que estaba aconteciendo ante mis propios ojos.

—Sus ojos...

—¿Qué tienen?

—Me vi en ellos...

—Se llama refracción, Lalo. Gordo inculto.

—¡No, no! Lo que vi fue mi imagen, pero de cuando yo era niño.

—¿Ah, sí? —dije, perdiendo interés en lo que decía Lalo y concentrándome en los chorizos que quedaban olvidados en el plato.

—Sí. Era la escena del día que mi padre se fue de la casa. Y yo lloraba...

Miré fijamente a Lalo y su rostro estaba cubierto por un velo de melancolía que yo nunca le había conocido al gordo.

Para mí Lalo era insensible, cosa que era como un oxímoron, porque un cocinero insensible es como un fuego frío, como decía Donne, un algo imposible, pero ya ven. Cualquiera se equivoca.

Y allí estaba el Lalo totalmente conmovido y descompuesto por la imagen que supuestamente había encontrado en los ojos de Iggie, quien no había dicho ni jota, pero tampoco había dejado de comer, como si se tratara de una competencia donde el que hablara mientras engullía perdía.

—Llévatelo de aquí — dijo suavemente Lalo—. Tomen todo lo que les queda por comer y váyanse de aquí.

—¿Adónde, Lalo? — pregunté, mi boca repleta de comida para que se quedara lo menos posible.

—No me importa a dónde. Ese es tú problema. Tú andas con él.

—A ver si recuerdas. ¿No te dije que el chico padece como que de amnesia?

—Tiene que tener algún lugar donde dormir.

—Anoche durmió conmigo.

—Depravado.

—No, me refiero a que se quedó en mi casa.

—¿Qué casa? Tú no tienes casa. Lo que tienes es un cuarto en un almacén en el que te dejan vivir para que espantes las ratas.

—Mira, Lalo, te aprecio y te estimo y no voy a discutir esas nimiedades contigo. Aquí el punto es que no sé qué hacer con él.

—Pues aquí no lo quiero. Y si tan difícil es deshacerse de él, llévalo a la calle y dile que camine. Si él sube, tú bajas; si él baja, tú subes. Así de simple.

—Oye, Lalo, no eres tan bruto como pareces.

Justamente cuando recogíamos lo que quedaba por comernos, hizo una entrada repentina Don Peyo, quien tenía referentes míos no muy agradables en su memoria, y estalló en ira, diciendo que si no soportaba a un mendigo menos iba a soportar dos, que ese era el mal del país, que les gustaba el cachete y la cosa gratis, que éramos unos vividores, una lacra, un lastre, un cáncer social que condenaría la isla como un Prometeo encadenado, per secula seculorum.

Don Peyo luego miró fijamente a Iggie y dijo:

—¡Conque tú eres el payaso que por poco mata del corazón a mi mujer! ¡Hideputa! Ya vas a ver cómo Peyo Fernández resuelve sus disgustos.

Don Peyo tomó un rodillo y en verdad se disponía a demostrarnos empíricamente la validez de su tesis, cuando entonces Iggie, que no había hecho otra cosa que comer, levantó sus brazos y con la acción surgió una gran humareda que nos arropó como un ángel con unas alas bien grandes, y lo próximo que supe es que estábamos afuera, en la Calle San Francisco, corriendo como putas en redada, calle arriba, pero sin rumbo.

Imagen: Bernie Stephanus. La Couleuvre.

11.12.2009

de lo inaprehensible y lo duradero

gian paolo tamasi 2 tomar
con visión definitiva

la falla movediza
de todo

cuanto
nos falta

la manera
atropellada

del sonido
al atardecer

amable
en la mirada

violento
en el ruido

querer
tenerte

a veces
culmina

como la futilidad
de un pájaro

de mármol
bajo

el cielo
célibe

comprendemos
la dimensión

de la
añoranza

una práctica
a fin

con el
placer

sumiso
de la soledad

 

el tremor
es asesino

como
sólo

lo inaprehensible
es duradero

foto: Gian Paolo Tamasi

11.11.2009

Revista Tonguas 8: nuevos talentos, James R. Cantre y Open Mike

tonguas flyer 2 Y cuando yo pensaba que mi vida de editor profesional estaba dada, llega Tonguas, revista de artes literarias y expresión estudiantil de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, que celebrará el lanzamiento de su más reciente volumen el próximo miércoles 18 de noviembre de 2009 a las 5 p.m. en el Seminario Lewis C. Richardson, localizado en el Edificio Luis Palés Matos de la Facultad de Humanidades del mencionado recinto.

Durante el próximo año, y en sustitición de mi hermano poeta ghanés Dannabang Kubawong, estaré coordinando y editando la publicación que originalmente concibiera la doctora Loretta Collins, y me complace porque me devuelve al concepto que me llevó a crear a Terranova: fomentar los nuevos talentos.

En la presente edición, la revista cuenta con las colaboraciones de Karen Sevilla, Ricardo Martín Marrero, Ana Yarí Feliciano Chico, Joel Morales, Mayra P. Osorio, Amanda Jayne McIntosh, Angelica María Minier y Enrique Olivares, entre otros cincuentas escritores participantes de los cursos de creación literaria del Departamento de Inglés. La presentación contará con el joven escritor James R. Cantre, creador de Letra Y Pixel, como poeta invitado.

La revista, de carácter multilingüe, se publica anualmente y cuenta con colaboraciones en poesía, cuento, ensayo y fotografía.

La actividad es abierta tanto a la comunidad universitaria como al público general.