A veces escribir es desescribirse. Asumir las formas y romperlas en rebeldías tiernas. No se trata de un futurismo trasnochado, sino más bien de el desmantelamiento del porvenir ante la pulsión del desastre. Agotados los modelos, la unidad falsea, engaña, y entonces solo nos quedan pedazos de lo contenido. El fragor vacuo. Seguimos siendo tan inconexos como en el principio de los principios. Ya lo decía Blanchot: “Escribir es entregarse a la fascinación de la ausencia de tiempo.”

Mas escribir es tiempo. Narrar es ordenar una secuencia de eventos en alguna manera lógica. Crono-lógica. ¿Se puede contar de otro modo?

Tal parece ser el norte estético en Variedad de malestares, la colección de relatos de Lydia Davis de la cual no hay forma de salir ileso.

Como siempre, el resto del artículo lo pueden leer en Nagari

«La escritura es, en sí misma, la historia y evolución de la humanidad. El nacimiento del libro impreso en el siglo XV marca un antes y después en esa evolución que hoy vivimos con la revolución digital y sus infinitas posibilidades. Al final, no importa el medio, lo que cuenta es acercarse a los libros, a la lectura en general. Sus beneficios son infinitos», escribe Marcela Álvarez en un reportaje para el El Diario de Nueva York. En el artículo participamos Marisol Schultz, Eugenia Rico, y un servidor. Nuestros comentarios los pueden leer aquí: 


Ayer también estuve en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Bayamón, hablando sobre la industria del libro en Puerto Rico.

En fin, una buena manera de celebrar Saint Jordi. 

a mi muerte no le falta
el aire; le sobre el adiós 


la huella de tus labios
apaga lo que mi boca 
ya no entiende


el corazón del cielo se pela

cuando el sol hiere el horizonte 


la sangre descansa sobre
el hocico de las nubes
que braman el rubor
tardío del día 





6. Limerencia

yo apostaba a perder

yo necesitaba la vez de siempre,
el grito apagado de tu mano
apretando mi corazón
como se asfixia un pez
ciego perdido en una playa
sin otro pretexto que la honestidad
de sentirse morir al fuego de la arena

el placer conlleva ilusiones ópticas,
que desarman la inutilidad del presente

yo no esperaba más que a la ligera
contando lo perpetuo en la incertidumbre
de tenerte algún día, algún momento
que me permita después recordarte


5. Serendipia

entre el jazz y la lluvia,
labraba el plexo cansado
cuando apareciste
con los zapatos en la mano

adonde íbamos,
bien nos valía descalzos

el medio camino siempre tarda
el espacio lleno de viento

nada se desperdicia


Mayahuel, la de los cuatrocientos pechos, amamantaba a sus cuatrocientos hijos. Su representación entre la cultura náhuatl la asocia a la planta del maguey o el agave, puesto que su marido Petácatl, dios de la fertilidad, las curaciones divinas y peyote, se asociaba con la elaboración de brebajes mágicos y otros procesos de fermentación de bebidas maravillosas, como supone ser el pulque. Mayahuel, fecunda y generosa, es la Gran Madre que otorga vida.

Dar una vida, perder otra. Por eso, el agave, en su forma azul, florece una vez a los diez años de su vida y se dispone a morir.

Irizelma Robles Álvarez, puertorriqueña, toma esta metáfora como maderamen en su más reciente entrega poética, Agave azul, un libro que dedica y entrega a su hija Salomé Cortés Robles como el quiote del agave tequilana o azul. En sí, el poemario dirige sus pencas en diversas orientaciones, sostenidas en las siete secciones del libro (“Agave azul”, “Aljibe”, “El tiempo en el mercado”, “Pulque”, “Cielo rojo”, “El cazador y la húmeda” y “Aguamiel”).

El poemario es más que palabras sobre papel.

El resto del escrito lo acceden en Nagari.

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