«La escritura es, en sí misma, la historia y evolución de la humanidad. El nacimiento del libro impreso en el siglo XV marca un antes y después en esa evolución que hoy vivimos con la revolución digital y sus infinitas posibilidades. Al final, no importa el medio, lo que cuenta es acercarse a los libros, a la lectura en general. Sus beneficios son infinitos», escribe Marcela Álvarez en un reportaje para el El Diario de Nueva York. En el artículo participamos Marisol Schultz, Eugenia Rico, y un servidor. Nuestros comentarios los pueden leer aquí: 


Ayer también estuve en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Bayamón, hablando sobre la industria del libro en Puerto Rico.

En fin, una buena manera de celebrar Saint Jordi. 

a mi muerte no le falta
el aire; le sobre el adiós 


la huella de tus labios
apaga lo que mi boca 
ya no entiende


el corazón del cielo se pela

cuando el sol hiere el horizonte 


la sangre descansa sobre
el hocico de las nubes
que braman el rubor
tardío del día 





6. Limerencia

yo apostaba a perder

yo necesitaba la vez de siempre,
el grito apagado de tu mano
apretando mi corazón
como se asfixia un pez
ciego perdido en una playa
sin otro pretexto que la honestidad
de sentirse morir al fuego de la arena

el placer conlleva ilusiones ópticas,
que desarman la inutilidad del presente

yo no esperaba más que a la ligera
contando lo perpetuo en la incertidumbre
de tenerte algún día, algún momento
que me permita después recordarte


5. Serendipia

entre el jazz y la lluvia,
labraba el plexo cansado
cuando apareciste
con los zapatos en la mano

adonde íbamos,
bien nos valía descalzos

el medio camino siempre tarda
el espacio lleno de viento

nada se desperdicia


Mayahuel, la de los cuatrocientos pechos, amamantaba a sus cuatrocientos hijos. Su representación entre la cultura náhuatl la asocia a la planta del maguey o el agave, puesto que su marido Petácatl, dios de la fertilidad, las curaciones divinas y peyote, se asociaba con la elaboración de brebajes mágicos y otros procesos de fermentación de bebidas maravillosas, como supone ser el pulque. Mayahuel, fecunda y generosa, es la Gran Madre que otorga vida.

Dar una vida, perder otra. Por eso, el agave, en su forma azul, florece una vez a los diez años de su vida y se dispone a morir.

Irizelma Robles Álvarez, puertorriqueña, toma esta metáfora como maderamen en su más reciente entrega poética, Agave azul, un libro que dedica y entrega a su hija Salomé Cortés Robles como el quiote del agave tequilana o azul. En sí, el poemario dirige sus pencas en diversas orientaciones, sostenidas en las siete secciones del libro (“Agave azul”, “Aljibe”, “El tiempo en el mercado”, “Pulque”, “Cielo rojo”, “El cazador y la húmeda” y “Aguamiel”).

El poemario es más que palabras sobre papel.

El resto del escrito lo acceden en Nagari.
Inés Baucells, ABC.es

De la muerte de la novela, circulan varios certificados de defunción. Eduardo Mendoza la enterró. Lo que queda es la novela de entretenimiento. Eso. Pero ya era un cadaver que Walter Benjamin venía arrastrando sin respeto por las calles. El novelista se ha separado del pueblo, decía. Norman Mailer pensaba que la actividad novelística era una futilidad y el novelista, un necio. A Jonathan Franzen le ha valido verga y Philip Roth tiró la toalla cuando dijo que la novela jamás competiría con el cine. Un ermitaño, como lo veía Wordsworth. En el futuro no se publicará a ningún escritor con menos de 5,000 amigos en Facebook, dice Javier Rodríguez Marcos. Mendoza maldice el posmodernismo y Vargas Llosa lo secunda. La literatura light trata de parecerse a estas diversiones reduciendo al máximo los obstáculos al lector, dice el Premio Nobel peruano. Lo fácil, ¿no?

No queda nada. Todo está en ruinas, decía Ortega y Gasset.

Buen título ese para una novela. Todo está en ruinas.

Nada mejor para entender el espinazo argumental de la novela de Percival Everett, Erasure (Borradura), donde se postula la interrupción de los esquemas narrativos utilizando la metaficción y la surficción como clave paródica en una novela carnavalesca que se desdobla, en sí misma, como un Doppleganger.

Para algo sirve la posmodernidad, después de todo, si tan solo para conformar las trizas de nada en algo.

La historia, desde un punto de vista estructural, es rizomática: se desplaza en diferentes direcciones y se dirige a varios niveles de lectura. Es fragmentada, entrópica y, por tanto, su presentación no es cronológica. Es caótica. La búsqueda en la memoria del padre muerto se contrapone a la pérdida de la memoria que sufre la madre viva. Lisa, la recelosa hermana del narrador, Thelonious Ellison, contrasta su vida lineal y pública como médico en una clínica de abortos con la historia del otro hermano de Monk (apodo del narrador), Bill, también médico y cuya vida privada se resquebraja cuando se declara homosexual y sus hijos no aceptan la revelación.

Novela de sofá, ¿eh?

Pero en el fondo, Erasure es un simulacro del panorama literario e intelectual actual y su relación (¿aislamiento?) en tanto cultura de masas.

Entonces, sí, existe un argumento central entre tanta fragmentación. Esa trama se enuncia y se controla a través, claro, de Thelonious Ellison (que apunta a un cruce entre la leyenda del jazz Thelonious Monk y escritor afroamericano Ralph Ellison). Inmediatamente, se nos pone en el lugar de las relaciones culturales de raza/poder. En la universidad, se nos dice, se une a las Black Panthers porque necesitaba probarse a sí mismo que era “lo suficientemente negro”.

Ellison, un intelectual criado en un hogar privilegiado, en algún momento recoge una copia del libro de Juanita Mae Jenkins, We’s Lives in Da Ghetto, y se indigna por el uso del lenguaje callejero afroamericano que se registra en la novela. Mas aún, lo que lo desconcierta es el éxito de ventas del libro. El personaje narrador es también escritor de ficciones que nadie lee, a pesar de su relativo éxito crítico. No puedo leer tus novelas, le dice su hermana en alguna conversación. Son engrudos, casi acertijos, como arrojar el lector en el medio un denso lago de palabras en el cual debe hacer mayor esfuerzo para nadar hasta la orilla. Monk se frustra cuando lee en el Atlantic Monthly la reseña de la novela de Juanita Mae Jenkins, quien aparenta aparecer en todas partes, desde promociones en las librerías hasta los afamados talk shows mañaneros. Frustrante.

Descompuesto por el éxito de lo que estima es la comercialización de la marginación cultural estadounidense, Monk escribe Ma Pafology, bajo el seudónimo de Stagg Leigh.

La novela dentro de la novela es parte de los procedimientos de caja china que Everett sigue en la construcción de Borradura. A través del cuadro chino llegamos a conocer a los temores del personaje principal, sueños, delirios, alucinaciones de escritor, notas para futuros relatos y el proceder intelectual de su autor, particularmente cuando inserta una ponencia académica sobre el S/Z de Roland Barthes. Too much. Y genial.

Pero a través Ma Pafology (provista íntegramente dentro de Erasure), Monk logra, a través de su personaje Leigh, apalabrar su alterego, un sujeto completamente opuesto al equilibrio intelectual del autor real. El despliegue en la caracterización me parece un trabajo genial, en la medida que Leigh se va revelando como un Doppleganger, o doble complementario, tema fascinante en autores como Poe, Dostoievsky, Cortázar y el puertorriqueño José de Diego Padró.

El Doppleganger da paso a la carnavalesco y lo grotesco según la novela se va enriqueciendo con protestas de movimientos anti-aborto (incluso, uno de sus miembros termina asesinando a Lisa), los programas de entrevistas y delirios imaginativos de conversaciones entre personajes históricos como Hitler, Eckhart y Klee, entre otros. El carnaval subvierte el orden.

Leigh se apoderará de Monk. Cuando el autor insiste en enviar su novela para consideración editorial (luego de al menos tres rechazos de otro de sus trabajos más serios), su agente literario lo llama para informarle que My Pafology ha sido aceptada para publicación. Ellison se desconcierta, como es de esperarse de un intelectual de su categoría. La novela es, a falta de mejor decir, basura. Una mierda. No obstante, dado a que necesita el dinero para ayudar a su madre, acepta el adelanto de un cuarto de millón de dólares.

Leigh crece. A su vez, se desdobla en el personaje de My Pafology, Van Goh. Es excéntrico. Obstinado. Un exprediario, le dice a su editora, a quien rehúsa ver. Leigh exige que el cambio de título de la novela y la quiere llamar Fuck. Las expectativas de ventas son tan grandes, que los editores aceptan.

Fuck.

Vienen los talk shows, las entrevistas y la creación de Ellison (me refiero a Leigh) se convierte en ganadora de un premio nacional a la mejor novela, en cuyo jurado Ellison participa. Leigh es todo lo que Ellison no es. El Doppleganger se lo permite.

Como en el carnaval, su condición social es abolida, por lo que las convenciones son derrocadas, el deseo se libera y un nuevo orden de cosas emerge.

Leigh demuestra poder cuando exige que el título de My Pafology se cambie a Fuck, y los editores de la gran casa publicadora multinacional aceptan.

El final es espectacular.

El Doppleganger, o el otro, facilita la tensión y la reversión: hay una realidad y su opuesto, una anti-realidad. A partir de esa instancia de focalización, el elemento lúdico enriquece el espacio narrativo, ya que tenemos dos relatos distintos desde los punto de vista de Ellison y de Leigh, más un tercero, que es Van Goh. Leigh y Van Goh funcionan como una máscara, elemento vigorizante en este parodia de la vida literaria. La máscara es el espacio alternativo.

En Erasure, Ellison va en busca de su identidad. Al final, el Otro, la máscara, se fusiona con su portador.

Seguramente, la metáfora del desmembramiento de la novela la acapara Casa de hojas, de Mark Danielewski (de quien hablaremos luego). Lo que está en crisis es un modelo de novela, no el género, afirma Agustín Fernández Mallo. Con Erasure, el personaje de Leigh confirma lo que tanto preocupa a los estudiosos: la novela está muerta.

Pero Percival Everett la resucita, la zombifica, si tan solo para matarla con gusto otra vez.


Artículo publicado originalmente en Nagari 

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