Label Me Latina/o, una revista sobre la producción literaria latina de los siglos XX y XXI, acaba de publicar un poema de mi autoría, «how to watch your daughter grow», en su edición de otoño del 2015, volumen V. La revista es editada por Michele Shaul y Kathryn Quinn-Sánchez


how to watch your daughter grow

at first, it is dejection. denial.

you hallucinate a yellow “Baby on Board” sign
on the back of a minivan you don’t  even own –yet, 
so before your daughter turns into flesh,
she grows on you like a possibility:
beyond philosophical quests,
the physics of the womb astound you

your wife doubles up on weight,
and triples up in charms

she also says you stink,
and urges to get out of the house
while she eats delicate pastries
you bought for her after work

but that belly of hers ripples,
aerodynamic and expanding,
with your daughter inside

she wiggles and squirms, a form of unspoken
language that is named in your blood

until that day comes
when you find yourself rushing to the hospital

-my water broke, your wife said, and you thought
about life as a fish-
and you’re awestruck,
jaw-dropped and thinking of beer

every book your wife made you read on what to expect
when she was expecting is rendered useless

and so, your daughter becomes a metaphor
for all the poems you will never understand

            your wife looks at you in fear,
glance lost in yours, an emergent
condition of gravity, and she longs
for your words –the ones she said
you were good at- but space is filled
with awkward muteness by degrees
as the girl supernovas into the world

you think you just witnessed
the birth of a star

and she is induced into her first
cry- she looks maddened- she fights
the nurse and the warm blanket and
the pink baby cap- she wants back,
back where it was safer

you word your daughter into life:
welcome to the world, you mutter

her eyes shine like constellations
in the expandable truths of the universe

as years go by, after the diapers,
the colored dinosaurs, the mermaid
fantasies, and the evenings together
reading books about wizards
and fairies, you become
an expert dad –or so you think–,
until one night she catches you
watching the starlit sky and she wants
to know what you're doing

you don’t want to tell her
you’re connecting dots of dead light
to find a way out of the miserable collapse
her mother and you are going through

and so you tell her: I’m stargazing;

you just think
about constants and change

she wants to know why does that even matter
but the answer eludes you, a fading comet
across the horizon, so she insists in knowing
what are stars made of,  and you choose not to tell her
it’s only gas and stardust and stuff, and settle for an explanation
as you know best: stars are made of light

myriads of sparkling galaxies
populate your daughter’s face

just like us, Daddy, she says

just like us, you repeat

you land a kiss on her forehead

by the time she is fourteen, you memorize
her Ariana Grande’s songs and you
karaoke at the wheel while driving her
to art lessons –konichiwa, learn all about Manga
and chibi characters- and you take her to the movies and
endure “The Fault Under the Stars” with her, and after the
popcorn and the sodas and the candy bars, you realize
you just saved her from being lonely

until that broken day when you find
your daughter sitting on the front lawn

you would ask her what is she doing,
but you already know the story

her eyes drill holes in the barren blindness
of the sky- such sadness and rancor

her sobbing spreads in the crisp air
as you drop your bags and embrace her

you both head back into the house

where she’ll feel safer, and you, less selfish

..........................

El poema se puede acceder aquí:
http://labelmelatin.com/wp-content/uploads/2015/08/How-to-Watch-Your-Daughter-Grow.pdf



Me perdonan la franqueza, pero la poesía no sirve para nada. Es verdad. Así lo han consignado en diversas ocasiones y seguro tienen razón. La poesía, después de todo, no tiene tiempo, vive en un eterno tiempo presente que se desplaza en las formas de los verbos, sí, pero siempre es un aquí, un ahora. Una condición de la utilidad es el tiempo- pregúntese la última vez que compró un producto lácteo y no miró la fecha de expiración.

La poesía es leche eterna.

Eso, definitivamente, no sirve de nada. Como la inmortalidad. (El único beneficio de la inmortalidad es político: si existiera, no habría guerras, ni desigualdad, ni habría países ni nacionalismos. Pero como no existe, entonces creamos la poesía, ese apego a permanecer continuos en el tiempo, como más o menos decía Lezama).

La poesía, me dijeron hace poco, no deja.

Por las virtudes de ese positivismo utilitarista decimonónico, hemos eliminado cualquier fundamento de las verdades y principios universales que no sea empírico. Tengo hambre es empírico. No tengo dinero también. Pero, ¿me hace falta la poesía? Para comenzar, habría que comenzar a definir la poesía y ya eso es una complicación —que de paso, es empírica. O whatever.

No culpo a los que tienen en buena estima a la inutilidad de la poesía.

De aquel proyecto positivista que germina a finales del siglo XIX en el mundo, heredamos la fascinación con lo servible, con lo práctico, con lo inmediato. Como decir una botella que luego arrojamos a la basura sin darle la oportunidad de ser florero. Así. La sociedad desechable es una maravilla y mi cinismo también.

El punto es que un Poeta —así, con letra mayúscula— como Pablo Neruda admite que si le preguntan qué es poesía, no tendría palabras para contestar, “pero si le preguntan a mi poesía, ella, les dirá quién soy yo”. Que la poesía persiga y encuentre a uno podría constituir un tipo de conducta impropia. Stalking le llaman.

A mí, la poesía me trollea. Es una cosa que yo no busca, sino que me llega, me abusa y se burla de mí. Como la mala suerte, o, a veces, como las mejores alegrías.

En tiempos de la Cibernia —como llamo a ese plano virtual en el cual confluimos con “amigos” y “seguidores”; esa plaza infinita llamada red social—, la poesía aparenta estar de moda. En Twitter, nos hace ver “tuit chic”. Tuit chic— en pasarela de 140 caracteres por los segundos que dure en el TL. TL— time line, o línea de tiempo. La poesía es sonido disperso en el tiempo, dijo Lezama. La poesía es todo, dijo Luis Lloréns Torres cuando inventó el panedismo (guglealo).

En Facebook, adorna nuestros muros, grafita nuestras páginas personales, flora en nuestras actualizaciones de estado. Actualizaciones de estado— pura ciencia física, como decir uno es agua y luego vapor. Como decir: “Jey, antes era Gregorio y ahora soy escarabajo”. En fin, es un plano cartesiano revertido, si se me permite el disparate: en losstatus updates, uno no piensa y luego existe; uno existe cuando nos dan me gusta. Si no, eres, por tomar las palabras de Ray Loriga, tan útil como un pez en un gimnasio.

Oh. ¿Acaso dije útil?

Hace poco leí: “Creo que una de mis medias está embarazada”. ¿Qué tan útil es eso? No es un poema, ciertamente, pero se comporta como uno. Qué le vamos a hacer— la poesía es impostura. Luego escribí un poema sobre el acontecimiento de “casar las medias”, como le llamaba mi abuela al acto de hacer que las medias rimaran del mismo color, diseño y textura. ¿Quién dijo que la poesía es fácil? Ciertamente, no fue mi abuela, que tejía palabras como flores de hilo y cargaba la paciencia de una tortuga.

Al poema de la media, le senté en mis rodillas. Le encontré amargo. Y le injurié. Me creí Rimbaud hasta que el verano me trajo la risa espantable del idiota. Pensé: “¿Es esto poesía o infertilidad?” Ante la falta de una respuesta, le sacrifiqué a los dioses binarios del ordenador. Delete. Delete. Delete. Etc.

George Steiner atribuía la determinación de las estructuras de pensamiento a “la materia oscura de la poesía” (véase el ejemplo de la media embarazada). Materia oscura— como la mayor parte de nuestro universo, y hasta eso permanece en el reino de lo especulativo. Claro, no hay idea sin palabras. Cada palabra es una obra poética, dice Borges, pues “el lenguaje es una creación estética”.

Seguro. Hay palabras lindas. Feas. Buenas. Malas. Pero llenas de ideología. Žižek opina —y yo le creo— que hay ideología en todo, hasta en los toilettes.

Para Octavio Paz, la actividad poética es “conocimiento, salvación, poder, abandono”. Suena a una visita al toilette, ¿no? (¿Ya mencioné mi cinismo?). Pero es más un proceso por el cual cambiar al mundo. Cualquiera que se diga poeta aspira a transformar al menos una persona, aunque sea a sí mismo (que rima con cinismo). Así comienzan los grandes cambios en los pueblos, los países y en la humanidad.

Los poemas nadan entre las verdades del tiempo –decir vida y muerte-, los pescamos como una mentira. Sus palabras no son fijas. No son inamovibles. Tampoco son, como argumentaba Lyotard, significados despegados de sus significantes, porque si fuera así, este escrito no tendría sentido (¿lo tiene?). Las palabras son esos intentos fútiles de explicarnos a nosotros mismos, la más bella mentira de todas.

Algunos “amantes de la poesía” son culpables de perpetuar el buen nombre de la inutilidad de este arte. Aunque no se percatan de ello —creo yo; es más, espero yo— tratan la poesía como un bien de consumo, una comodidad (mi mala traducción del vocablo commodity, pero me gusta la noción que encierra la palabra inglesa) que atenta, paradójicamente, contra su naturaleza (la poesía no sirve para nada, ¿recuerdan?). La poesía constituye ese género de mercado del libro que no es mercadeable, en el sentido capitalista de la palabra cuando nos referimos al más burgués de todos los géneros, que es la novela.

Así que es verdad: bajo estos términos, la poesía es una cosa inútil. Solo sirve para inventar sueños, texturas, posibilidades —ese otro estado de la materia del cual se compone nuestra experiencia de vida— hasta que llega Gabriel Celaya a la velocidad del instinto y nos apunta un poema al pecho como si quisiera detonar un rifle de asalto. A fin de cuentas, un acto.

(Artículo originalmente publicado en Nagari: http://nagarimagazine.com/esa-cosa-inutil-que-es-la-poesia-elidio-la-torre-lagares/)


No recuerdo en qué entrada sucedió, pero la paloma niuyorquina hizo su aparición temprana en el juego entre los Rayos de Tampa Bay y los Yankees de Nueva York. Su presencia, inesperada, hasta inspiraba ternura mientras merodeaba el dugout de los Rayos, picoteando las cácaras de semillas de girasol. El pájaro, de plumaje en gradaciones de gris, seducía mi curiosidad, puesto que parecía poco intimidado por el ruido en el parque, los peloteros en movimiento y las luces intensas. Sobre todo, porque las palomas son aves de vuelo diurno.

Sin embargo, allí estaba. Inocua. Y altanera.

El partido se desplazó hacia entradas adicionales luego que Mark Texeira, primera base de los Yankees, empatara el juego a tres carreras con un cuadrangular en la parte baja de la octava entrada.

Llegada la entrada número doce, entonces la magia se apoderó de la atmosfera.

Kevin Kiermaier rompió el empate al conectar un sencillo que trajo una carrera al plato. La paloma, aparentemente molesta, esperó a que el jugador de los Rays se acomodara en la primera almohadilla para transformarse en un grifo, su alas doradas aleteando con ferocidad; vengativo como un thunderbird; gigante como un roc; frustrada como ángel caído. Presagiosa, como La paloma de Patrick Süskind.

El ave atacó directamente a la cabeza de Kiermaier, quien, al protegerse, cayó de espaldas sobre el terreno.

Al cerrar la entrada, los Rays superaban a los Yankees por dos carreras.

Entonces, el “Pigeon Rally”.

Con un out, en el inning doce, el reloj marcaba la llegada de la media noche y el comienzo de las festividades del 4 de julio en Nueva York. Un espectáculo de fuegos artificiales anunciaron la llegada oficial de la fecha en la que los estadounidenses conmemoran su independencia. En medio de todo esto, Brian McCann, receptor de las Yankees, conectó un inmenso cuadragular con dos en base que de le dio la victoria a su equipo de la manera más dramática y humillante posible: dejando en terreno de juego al equipo visitante.

Si fuera libreto de cine, no hubiese quedado mejor.

El béisbol supone ser un deporte que requiere destreza e inteligencia, pero que es superado por sus propios mitos. Antropológicamente, los que abscriben como fanáticos y practicantes del deporte frecuentemente confeccionan elaborados patrones de símbolos y creencias a las que le atribuyen propiedades que inciden en la realidad. A pesar de la persistencia de las habilidades visuales, cognitivas y motoras en la práctica de este deporte, su belleza radica en la persistencia de un mundo instintivo, inexplicable y maravilloso.

El béisbol es un deporte nacido en el realismo mágico.

Seguramente, estos elementos son mayormente reconocibles en el film Field of Dreams, que parte a su vez de la novela Shoeless Joe, de W. P. Kinsella. Ray Kinsella (Kevin Costner), a insistencias de una voz fantasmagórica, construye un parque de béibol en pleno maizal, siembra que sirve de fuente de sustento para su familia en Iowa. A pesar de que se convierte en el hazmerreír de los agricultores adyacentes a su siembra, Kinsella logra ver el fruto de su descabellada idea: el fantasma de Shoeless Joe Jackson aparece, y pronto se le une el equipo completo de las Medias Negras de Chicago, notorio por la famosa Serie Mundial del 1919, en la cual ocho de sus jugadores se vendieron a un grupo de apostadores quienes les pagaron para que perdieran ante los Rojos de Cincinnati.

If you build it, it will come.

En el béisbol, yo pensaba, lo había visto todo. Jason Giambi comenzó a usar G-String como ropa interior cuando asoció la pieza con su resurgir al bate. Moisés Alou orinaba en su mano cuando descubrió que cada vez que lo hacía, su desempeño marcaba diferencias en el juego. En 2011, el dirigente Jim Leyland utilizó el mismo par de boxers durante una racha ganadora de su equipo, los Tigres de Detroit. Matt Garza, lanzador de los Cubs, solo come pollo de Popeye’s cuando va a jugar. Tim Lincecum no cambia de gorra. Ken Griffey vendió su Mercedes Benz cuando pensaba que le traía mala suerte al bate. Y así, un infinitud de historias de peloteros que no se cambian las medias, o no se afeitan, o se rapan el cabello componen el imaginario beisbolero.

Hermoso.

Por el momento, los Yankees se acaban de apoderar de la primera posición y no pienso lavar mi camiseta de entrenamiento favorita.



Escrituras en contrapunto: Estudios y debates para una historia crítica de la literatura puertorriqueña pretende intervenir en el campo de la historia literaria, pero sin entregar una historia totalizadora. Marta Aponte Alsina, Juan G. Gelpí y Malena Rodríguez Castro, los editores de la antología, presentan una serie de textos críticos que, si bien no reconstruyen un devenir total de la historia literaria, suponen lecturas o acercamientos diferentes a ese transcurso histórico.

A partir de la mirada analítica rigurosa de la crítica literaria y con la ayuda de las reflexiones teóricas de las últimas tres décadas en el campo de la teoría literaria y cultural, las y los ensayistas de este trabajo hacen intervenciones puntuales en segmentos o momentos específicos de la trayectoria de nuestras letras.

Colaboran en este libro colectivo las y los siguientes ensayistas:

Marta Aponte Alsina, Francisco Javier Avilés, Efraín Barradas, Rafael Bernabe, Carmen Centeno Añeses, Luis Felipe Díaz, Juan Duchesne Winter, Fernando Feliú Matilla, Eduardo Forastieri Braschi, Juan G. Gelpí, Elidio La Torre Lagares, Ivette López Jiménez, Catherine Marsh Kennerley, Yolanda Martínez San Miguel, Miguel Ángel Náter, Urayoán Noel, Elsa Noya, Juan Otero Garabís, Juan Carlos Quintero Herencia, Francisco José Ramos, Rubén Ríos Ávila, Zaira Rivera Casellas, Malena Rodríguez Castro, Richard Rosa, Áurea María Sotomayor, Gabriela Tineo y María Teresa Vera Rojas.

«La fiesta de los dioses», de Hendrik van Balen. Musée du Louvre, Paris.

El 1915, el poeta Ezra Pound produjo un cuaderno titulado Cathay, que consistía en quince poemas, de los cuales catorce eran de origen chino y uno anglosajón. Pound, partiendo de los estudios del historiador Ernest Fellonosa, y con la ayuda de los profesores Kainan Mori y Nagao Ariga, tradujo la poesía de Chu’ yuan, Mei Sheng, Wang Wi y Li Po para articular un libro cuya novedad no solo consistía en presentar ante el canon occidental una tradición literaria milenaria, sino que la reformulaba.

En efecto, Pound había escapado los desaciertos de la traducción literal al reapropiarse de los textos, procesarlos, hacerlos suyos y publicarlos no como una mera antología de poesía china, sino como cuerpo textual unitario, tanto en estilo como en intensión. El trabajo de Pound gozaba de tal genialidad en el manejo del registro que los críticos comenzaron a preguntarse a quién se atribuían estos textos.

¿A Pound? ¿A los autores originales?

El tema me visita nuevamente al completar la lectura de uno de los mejores poemarios que he leído en lo que va del 2015: La escuela pagana, del poeta y crítico Noel Luna.

Los ciento cincuenta epigramas que componen la obra son apenas una muestra escogida de los casi cuatro mil que componen los dieciséis tomos de la Antología griega. Más que conjunto de meras traducciones, el rigor del trabajo en La escuela pagana “es una tentativa consciente de cambiar de rumbo como poeta. Una creciente insatisfacción con mi propia lírica me inclinó hacia la traducción creativa”, como nos dice Luna en el “Epílogo”.

La escuela pagana es, en efecto, una reapropiación de contenidos.

Aquí merece el esfuerzo preguntarse, ¿puede un texto verterse de un idioma a otro de manera creativa? ¿De un poeta a otro?

El resto del artículo, como todos los meses, lo acceden en Nagari:


La poeta y periodista Glenda Galán, de Dominicana en Miami, revista enfocada al arte, la cultura y la ciudad, tuvo la  curiosidad de preguntarme qué pensaba yo en torno a la desaparición de la literatura latinoamericana, a partir de unas expresiones que el escritor mexicano Jorge Volpi hiciera durante su reciente visita a la ciudad de Miami. Glenda, que es egresada de la Escuela de Comunicación Publicitaria de la Universidad Iberoamericana (UNIBE) y con Diploma en Periodismo de University of Miami, escribe lo siguiente:
A raíz de la visita del escritor y periodista mexicano Jorge Volpi a la ciudad de Miami invitado por La Pereza Ediciones, el tema de la desaparición de la literatura Latinoamericana, quedó sobre el tapete en su conferencia llevada a cabo en el Centro Cultural Español de Miami. Por tal motivo cuestionamos a varios escritores latinoamericanos al respecto. En esta segunda entrega compartimos la opinión del gran escritor puertorriqueño Elidio La Torre Lagares.
La entrevista la acceden aquí: http://dominicanaenmiami.com/?p=14934



La vista desde la cima de Cat Rock es monumental.

Vengo aquí todos los veranos, en una suerte de peregrinaje. La roca es milenaria. Me complace el anonimato de estar allí, sentirme partícula de polvo en una inmensa nada. Sin brújula. Central Park es un templo.

Es fácil desaparecer aquí.

Una arbolada simétrica y frondosa parece amortiguar el horizonte de acero, cristal y concreto que a veces da la impresión que avanza hacia uno. El verdor de Central Park se humilla ante el paisaje neoyorquino. Nueva York siempre será materia poética y me acompaña Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, uno de los libros fundamentales de la poesía moderna española e hispanoamericana.

Desaparecer es fácil aquí.

La Ciudad de los Rascacielos es una zarza que desgarra a Lorca, a quien otro Federico, el de Onís,le recibiera en la Universidad de Columbia a su llegada en junio de 1929. La ciudad, Lorca descubre pronto, es flor de Duende, un poder misterioso, como el poeta mismo definiera, “que todos sienten y que ningún filósofo explica”. El mismo duende que abrazó el corazón de Nietzsche, decía.

El arte nace entre pugnas. La dialéctica entre la realidad subjetiva y el mundo objetivo tensa en una unidad poética.

A 75 años desde su publicación, Poeta en Nueva York se lee como un texto experimental, un baúl de imágenes surrealistas cuya intensa plasticidad estética nos hace perder noción de su posesión capital más preciada: su lírica bioficción.

El resto del escrito lo acceden en Otro Lunes: http://otrolunes.com/37/otra-opinion/duende-en-nueva-york/

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